Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Y todos se precipitaron hacia él con tal ímpetu que alejó de momento toda la atención del oficial. El militar se quedó solo en los escalones de la iglesia, observando esta escena de jubilosa bienvenida, como único espectador que ni comprendía totalmente su significado ni compartía sus sentimientos.
El forastero, que vestía en parte el antiguo uniforme de la universidad de Klosterheim y en parte atuendo de viajero, manchado con marcas recientes de los caminos y de la intemperie, avanzaba entre sus amigos con aire franco, bondadoso y digno a la vez. El recién llegado contestó a sus saludos con palabras alegres; pero su aspecto reflejaba ansiedad y sus movimientos eran apresurados. Quizás no advirtió la presencia del oficial, o bien creía que la importancia de lo que tenía que comunicar transcendía todas las restricciones normales de la prudencia. Por eso, a pesar de todo, alzó la voz y abordó rápidamente el asunto:
—¡Amigos! He visto al maldito Holkerstein; he penetrado en su fortaleza. Con mis propios ojos he visto y contado a sus viles asesinos. Triplican en fuerza al número mayor de nuestros amigos. Sin nuestra ayuda, nuestros deudos están perdidos. Habrá pocos de nosotros que no pierdan un amigo querido antes de que pasen tres noches si Klosterheim no cumple decididamente con su deber.