Klosterheim o La Mascara

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A aquella hora el conde se hallaba reunido con toda seguridad en su casa con un alegre grupo de amigos. Magníficos candelabros iluminaban una mesa provista con todo tipo de costosos vinos producidos en Europa. Según la costumbre de la época, éstos se bebían en copas de plata o de oro, ofreciendo así la oportunidad, que el conde no desperdició, de hacer una magnífica exhibición de lujo sin ostentación. El vino rojo emitía destellos en la copa incrustada de joyas que el conde se llevaba a los labios en el momento en que entraron los estudiantes.

—Bienvenidos, amigos —dijo el conde bajando su copa—, siempre bienvenidos, pero nunca más que a esta hora, cuando el vino y la amistad nos enseñan a reconocer el valor de la juventud.

—Gracias, conde, de parte de todos. Pero el compañerismo que buscamos ahora es de otro tipo. Nuestra misión es de negocios.

—Entonces, amigos, deberá esperar hasta mañana. Ni por el Papado, por el que mi buena tía habría levantado para mí una escalera de tres peldaños (abad, obispo, cardenal), renunciaría al Tokay de esta noche por un asunto de mañana. Vamos, caballeros, bebamos a la salud de mi tía.

—A su memoria, querréis decir, conde.


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