Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara —A su memoria, mis sabios amigos, tenéis razón. ¡Ah, caballeros! Era una mujer digna de recordar. Inventó un estupendo emplasto para las heridas de escopeta; y en toda Suabia, ni en el campamento sueco, existe hoy compañero más alegre que una botella de Tokay. Y eso me recuerda preguntarles, caballeros, si saben si se espera a Gustavo Horn en Falkenberg. Es la noticia que se escucha por ahÃ; y estad seguros de que si es asÃ, nos podemos andar con cuidado. Conozco a ese hombre; me ha costado largas noches de vigilancia; por lo que, si no les importa, caballeros, beberemos a su salud.
—Pero, nuestro asunto, querido conde…
—Esperará, Dios mediante, hasta mañana, pues ésta es la hora en que hombre y bestia reposan.
—En verdad, conde, tal como se toma las cosas, probablemente nos contarán entre los segundos. ¡Por Dios, conde St. Aldenheim! ¿Sois hombre que pueda permitir que aguantemos dócilmente lo que ha emprendido el Landgrave?
—¿Y a qué se dedica ahora Su Serenidad? ¿Acaso intenta abolir el Borgoña? Si es asÃ, ¡por mi vida…! Pero, como habréis observado, estamos apenas por encima de la bestia. O, por ventura, ¿prohibirá la risa, siendo su alteza tan poco proclive a ella?