Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Por su parte, Cayé adquirió muchos más extractos y lociones y aceites de los necesarios para sahumar hasta la náusea su ropa nueva, mientras Podeley, más juicioso, optaba por un traje de paño. Posiblemente pagaron muy cara una cuenta entreoída y abonada con un montón de papeles tirados al mostrador. Pero de todos modos una hora después lanzaban a un coche descubierto sus flamantes personas, calzados de botas, poncho al hombro –y revólver 44 en el cinto, desde luego–, repleta la ropa de cigarrillos que deshacían torpemente entre los dientes, y dejando caer de cada bolsillo la punta de un pañuelo de color. Acompañábanlos dos muchachas, orgullosas de esa opulencia, cuya magnitud se acusaba en la expresión un tanto hastiada de los mensú, arrastrando su coche mañana y tarde por las calles caldeadas, una infección de tabaco y extractos de obraje.
La noche llegaba por fin, y con ella la bailanta, donde las mismas damiselas avisadas inducían a beber a los mensú, cuya realeza en dinero les hacía lanzar diez pesos por una botella de cerveza, para recibir en cambio un peso y cuarenta centavos, que guardaban sin ojear siquiera.