Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Allí se bañaba el fox–terrier, primero la lengua, después el vientre sentado en el agua, para concluir con una travesía a nado. Volvía a la casa, siempre que algún rastro no se atravesara en su camino. Al caer el sol, tornaba al pozo. De aquí que Yaguaí sufriera vagamente de pulgas, y con bastante facilidad, el calor tropical para el que su raza no había sido creada.
El instinto combativo del fox–terrier se manifestó normalmente contra las hojas secas; subió luego a las mariposas y su sombra, y se fijó por fin en las lagartijas. Aún en noviembre, cuando tenía ya en jaque a todas las ratas de la casa, su gran encanto eran los saurios. Los peones que por a o b llegaban a la siesta, admiraron siempre la obstinación del perro, resoplando en cuevitas bajo un sol de fuego; si bien la admiración de aquéllos no pasaba del cuadro de caza.
–Eso –dijo uno un día, señalando al perro con una vuelta de cabeza–, no sirve más que para bichitos…
El dueño de Yaguaí lo oyó:
–Tal vez –repuso–; pero ninguno de los famosos perros de ustedes sería capaz de hacer lo que hace ése.
Los hombres se sonrieron sin contestar.