Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Alrededor, cuanto abarcaban los ojos del fox–terrier: los bloques de hierro, el pedregullo volcánico, el monte mismo, danzaba, mareado de calor. Al oeste, en el fondo del valle boscoso, hundido en la depresión de la doble sierra, el Paraná yacÃa, muerto a esa hora en su agua de cinc, esperando la caÃda de la tarde para revivir. La atmósfera, entonces, ligeramente ahumada hasta esa hora, se velaba al horizonte en denso vapor, tras el cual el sol, cayendo sobre el rÃo, sostenÃase asfixiado en perfecto cÃrculo de sangre. Y mientras el viento cesaba por completo y, en el aire aún abrasado, Yaguaà arrastraba por la meseta su diminuta mancha blanca, las palmeras negras, recortándose inmóviles sobre el rÃo cuajado en rubÃ, infundÃan en el paisaje una sensación de lujoso y sombrÃo oasis.
Los dÃas se sucedÃan iguales. El pozo del fox–terrier se secó, y las asperezas de la vida, que hasta entonces evitaran a YaguaÃ, comenzaron para él esa misma tarde.