Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron asà dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.
Entretanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo habÃa mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje.
–Qué curioso mareo… –pensó el contador–. Y lo peor es…
Al levantarse e intentar dar un paso, se habÃa visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. SentÃa su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manos le hormigueaban.
–¡Es muy raro, muy raro, muy raro! –se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar sin embargo el motivo de esa rareza–. Como si tuviera hormigas… La corrección –concluyó.
Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.
–¡Debe de ser la miel…! ¡Es venenosa…! ¡Estoy envenenado!