Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Pasábamos el dÃa entero huroneando por la quinta, bien que las higueras, demasiado tupidas al pie, nos inquietaran un poco. El pozo también suscitaba nuestras preocupaciones geográficas. Era éste un viejo pozo inconcluso, cuyos trabajos se habÃan detenido a los catorce metros sobre un fondo de piedra, y que desaparecÃa ahora entre los culantrillos y doradillas de sus paredes. Era, sin embargo, menester explorarlo, y por vÃa de avanzada logramos con infinitos esfuerzos llevar hasta su borde una gran piedra. Como el pozo quedaba oculto tras un macizo de cañas, nos fue permitida esta maniobra sin que mamá se enterase. No obstante, MarÃa, cuya inspiración poética privó siempre en nuestras empresas, obtuvo que aplazáramos el fenómeno hasta que una gran lluvia, llenando a medias el pozo, nos proporcionara satisfacción artÃstica a la par que cientÃfica.
Pero lo que sobre todo atrajo nuestros asaltos diarios fue el cañaveral. Tardamos dos semanas enteras en explorar como era debido aquel diluviano enredo de varas verdes, varas secas, varas verticales, varas oblicuas, varas atravesadas, varas dobladas hacia tierra.
Las hojas secas, detenidas en su caÃda, entretejÃan el macizo, que llenaba el aire de polvo y briznas al menor contacto.