Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Era inminente salvarla. El orgullo, sólo él, la precipitaba de nuevo a aquel infernal humo con gusto a sal de Chantaud, el mismo orgullo que me habÃa hecho alabarle la nauseabunda fogata.
–¡Psht! –dije bruscamente, prestando oÃdo–. Me parece el gargantilla del otro dÃa… Debe de tener nido aquÃ…
MarÃa se incorporó, dejando la pipa de lado; y con el oÃdo atento y los ojos escudriñantes, nos alejamos de allÃ, ansiosos aparentemente de ver al animalito, pero en verdad asidos como moribundos a aquel honorable pretexto de mi invención, para retirarnos prudentemente del tabaco sin que nuestro orgullo sufriera.
Un mes más tarde volvà a la pipa de caña, pero entonces con muy distinto resultado.
Por alguna que otra travesura nuestra, el padrastrillo habÃanos levantado ya la voz mucho más duramente de lo que podÃamos permitirle mi hermana y yo. Nos quejamos a mamá.
–¡Bah!, no hagan caso –nos respondió mamá, sin oÃrnos casi–. Él es asÃ.
–¡Es que nos va a pegar un dÃa! –gimoteó MarÃa.
–Si ustedes no le dan motivos, no. ¿Qué le han hecho? –añadió dirigiéndose a mÃ.
–Nada, mamá… ¡Pero yo no quiero que me toque! –objeté a mi vez.