Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Fue pues resuelto que yo yacÃa aplastado en el fondo del pozo, dando entonces principio a lo que llamarÃamos mi venganza póstuma. El caso era bien claro. ¿Con qué cara mi tÃo contarÃa a mamá que yo me habÃa suicidado para
evitar que él me pegara?
Pasaron diez minutos.
–¡Alfonso! –sonó de pronto la voz de mamá en el patio.
–¿Mercedes? –respondió aquél tras una brusca sacudida.
Seguramente mamá presintió algo, porque su voz sonó de nuevo, alterada.
–¿Y Eduardo? ¿Dónde está? –agregó avanzando.
–¡AquÃ, conmigo! –contestó riendo–. Ya hemos hecho las paces.
Como de lejos mamá no podÃa ver su palidez ni la ridÃcula mueca que él pretendÃa ser beatÃfica sonrisa, todo fue bien.
–¿No le pegaste, no? –insistió aún mamá.
–No. ¡Si fue una broma!
Mamá entró de nuevo. ¡Broma! Broma comenzaba a ser la mÃa para el padrastrillo.