Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Celia, mi tÃa mayor, que habÃa concluido de dormir la siesta, cruzó el patio, y Alfonso la llamó en silencio con la mano. Momentos después Celia lanzaba un ¡oh! ahogado, llevándose las manos a la cabeza.
–¡Pero, cómo! ¡Qué horror! ¡Pobre, pobre Mercedes! ¡Qué golpe!
Era menester resolver algo antes que Mercedes se enterara. ¿Sacarme con vida aún…? El pozo tenÃa catorce metros sobre piedra viva. Tal vez, quién sabe… Pero para ello serÃa preciso traer sogas, hombres; y Mercedes…
–¡Pobre, pobre madre! –repetÃa mi tÃa.
Justo es decir que para mÃ, el pequeño héroe, mártir de su dignidad corporal, no hubo una sola lágrima. Mamá acaparaba todos los entusiasmos de aquel dolor, sacrificándole ellos la remota probabilidad de vida que yo pudiera aún conservar allá abajo. Lo cual, hiriendo mi doble vanidad de muerto y de vivo, avivó mi sed de venganza.
Media hora después mamá volvió a preguntar por mÃ, respondiéndole Celia con tan pobre diplomacia, que mamá tuvo enseguida la seguridad de una catástrofe.
–¡Eduardo, mi hijo! –clamó arrancándose de las manos de su hermana que pretendÃa sujetarla, y precipitándose a la quinta.
–¡Mercedes! ¡Te juro que no! ¡Ha salido!