Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Entró el médico sin hacer ruido, entró Luis MarÃa, y por fin entré yo, todos con cierto intervalo. Lo que primero me chocó, aunque debÃa haberlo esperado, fue la penumbra del dormitorio. La madre y la hermana de pie me miraron fijamente, respondiendo con una corta inclinación de cabeza a la mÃa, pues creà no deber pasar de allÃ. Ambas me parecieron mucho más altas. Miré la cama, y vi, bajo la bolsa de hielo, dos ojos abiertos vueltos a mÃ. Miré al médico, titubeando, pero éste me hizo una imperceptible seña con los ojos, y me acerqué a la cama.
Yo tengo alguna idea, como todo hombre, de lo que son dos ojos que nos aman cuando uno se va acercando despacio a ellos. Pero la luz de aquellos ojos, la felicidad en que se iban anegando mientras me acercaba, el mareado relampagueo de dicha –hasta el estrabismo–cuando me incliné sobre ellos, jamás en un amor normal a treinta y siete grados los volveré a hallar.
La enferma balbuceó algunas palabras, pero con tanta dificultad de sus labios resecos, que nada oÃ. Creo que me sonreà como un estúpido (¡qué iba a hacer, quiero que me digan!), y ella tendió entonces su brazo hacia mÃ. Su intención era tan inequÃvoca que le tomé la mano.
–Siéntese ahà –murmuró.
Luis MarÃa corrió el sillón hacia la cama y me senté.