Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte —Es la vida que renace—le he respondido—. ¡Soy otro, hermana!
—Ojalá estés siempre como ahora—murmura.
—Cuando FermÃn compró su casa, en la empresa nada le dijeron. HabÃa una llave de más.
—¿Qué dices? —pregunta mi mujer levantando la cabeza. Yo la miro, más sorprendido de su pregunta que ella misma, y respondo:
—Lo que te dije: ¡qué seré siempre asÃ!
Con lo cual me levanto y salgo de nuevo,—huevo.
Por lo común, después de almorzar paso por la oficina a recibir órdenes y no vuelvo a la estación hasta la hora de tomar servicio. No hay hoy novedad alguna, fuera de las grandes lluvias. A veces, para emprender ese camino, he salido de casa con inexplicable somnolencia; y otras he llegado a la máquina con extraño anhelo.
Hoy lo hago todo sin prisa, con el reloj ante el cerebro y las cosas que debÃa ver, radiando en su exacto lugar.
En esta dichosa conjunción del tiempo y los destinos, arrancamos. Desde media hora atrás vamos corriendo el tren 248. Mi máquina, la 129. En el bronce de su cifra se reflejan al paso los pilares del andén. Perendén.