Cuentos de amor de locura y de muerte

Cuentos de amor de locura y de muerte

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—¡Amigo!—le grito con una mano en la palanca y la otra en el ojo—: cuando se desea retrasar un tren, se busca otros cómplices, ¿eh? ¿Qué va a decir el jefe cuando lo informe de su colección de ratas? Dirá: ojo a la trocha mm… —millón! ¿Y quién la pasa a 113 kilómetros? Un servidor. Pelo de castor. ¡Este soy yo! Yo no tengo más que certeza delante de mí, y la empresa se desvive por gentes como yo. ¿Qué es usted? dicen. ¡Actitud discreta y preponderancia esencial!, respondo yo. ¡Amigo! ¡Oiga el temblequeo del tren!… Pasamos la trocha… ¡Calma, jefes! No va a saltar, yo lo digo… ¡Salta, amigo, ahora lo veo! Salta… ¡No saltó! ¡Buen susto se llevó usted, mister! ¿Y por qué?, pregunte. ¿Quién merece sólo la confianza de sus jefes?, pregunte. ¡Pregunte, estabiloque del infierno, o le hundo el hurgón en la panza!

—Lo que es este tren—dice el jefe de la estación mirando el reloj—no va a llegar atrasado. Lleva doce minutos de adelanto.

Por la línea se ve avanzar al rápido como un monstruo tumbándose de un lado a otro, avanzar, llegar, pasar rugiendo y huir a 110 por hora.

—Hay quien conoce —digo yo al jefe pavoneándome con las manos sobre el pecho—hay quien conoce el destino de ese tren.

—¿Destino?—se vuelve el jefe al maquinista—. Buenos Aires, supongo…


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