Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte HabÃa un motivo real para este temor. AquÃ, como en todas partes donde la gente pobre tiene muchos más perros de los que puede mantener, las casas son todas las noches merodeadas por perros hambrientos, a que los peligros del oficio —un tiro o una mala pedrada— han dado verdadero proceder de fieras. Avanzan al paso, agachados, los músculos flojos. No se siente jamás su marcha. Roban —si la palabra tiene sentido aqu× cuanto le exige su atroz hambre. Al menor rumor, no huyen porque esto harÃa ruido, sino se alejan al paso, doblando las patas. Al llegar al pasto se agazapan, y esperan asà tranquilamente media o una hora, para avanzar de nuevo.
De aquà la ansiedad de mamá, pues siendo nuestra casa una de las tantas merodeadas, estábamos desde luego amenazados por la visita de los perros rabiosos, que recordarÃan el camino nocturno.
En efecto, esa misma tarde, mientras mamá, un poco olvidada, iba caminando despacio hacia la portera, oà su grito:
—¡Federico! ¡Un perro rabioso!
Un perro barcino, con el lomo arqueado, avanzaba al trote en ciega lÃnea recta. Al verme llegar se detuvo, erizando el lomo. Retrocedà sin volver el cuerpo para ir a buscar la escopeta, pero el animal se fue. Recorrà inútilmente el camino, sin volverlo a hallar.