Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte La hija, tranquilamente, ocultó un poco a su madre, y Nébel oyó el crujido de la ropa violentamente recogida para pinchar el muslo.
Los ojos se encendieron, y una plenitud de vida cubrió como una máscara aquella cara agónica.
–Ahora estoy bien… ¡Qué dicha! Me siento bien.
–DeberÃa dejar eso –dijo duramente Nébel, mirándola de costado–. Al llegar, estará peor.
–¡Oh, no! Antes morir aquà mismo.
Nébel pasó todo el dÃa disgustado, y decidido a vivir cuanto le fuera posible sin ver en Lidia y su madre más que dos pobres enfermas. Pero al caer la tarde, y a ejemplo de las fieras que empiezan a esa hora a afilar las empiezan a esa hora a afilar las garras, el celo de varón comenzó a relajarle la cintura en lasos escalofrÃos.
Comieron temprano, pues la madre, quebrantada, deseaba acostarse de una vez. No hubo tampoco medio de que tomara exclusivamente leche.
–¡Huy! ¡Qué repugnancia! No la puedo pasar. ¿Y quiere que sacrifique los últimos años de mi vida, ahora que podrÃa morir contenta?
Lidia no pestañeó. HabÃa hablado con Nébel pocas palabras, y sólo al fin del café la mirada de éste se clavó en la de ella; pero Lidia bajó la suya enseguida.