Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte No hicieron el viaje juntos por un último escrúpulo de Nébel en una lÃnea donde era muy conocido; pero al salir de la estación subieron todos en el brec de la casa. Cuando Nébel quedaba solo en el ingenio, no guardaba a su servicio doméstico más que a una vieja india, pues –a más de su propia frugalidad– su mujer se llevaba consigo toda la servidumbre. De este modo presentó sus acompañantes a la fiel nativa como una tÃa anciana y su hija, que venÃan a recobrar la salud perdida.
Nada más creÃble, por otro lado, pues la señora decaÃa vertiginosamente. HabÃa llegado deshecha, el pie incierto y pesadÃsimo, y en sus facies angustiosa la morfina, que habÃa sacrificado cuatro horas seguidas a ruego de Nébel, pedÃa a gritos una corrida por dentro de aquel cadáver viviente.
Nébel, que cortara sus estudios a la muerte de su padre, sabÃa lo suficiente para prever una rápida catástrofe; el riñón, Ãntimamente atacado, tenÃa a veces paros peligrosos que la morfina no hacÃa sino precipitar.
Ya en el coche, no pudiendo resistir más, la dama habÃa mirado a Nébel con transida angustia:
–Si me permite, Octavio… ¡No puedo más! Lidia, ponte delante.