Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando MarÃa deseaba una joya –¡y con cuánta pasión deseaba ella!– trabajaba él de noche. Después habÃa tos y puntadas al costado; pero MarÃa tenÃa sus chispas de brillante.
Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacer amar a la esposa las tareas del artÃfice, siguiendo con artÃfice ardor las Ãntimas delicadezas del engarce. Pero cuando la joya estaba concluida –debÃa partir, no era para era para ella– caÃa más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por ahÃ, y se iba a su cuarto.
Kassim se levantaba al oÃr sus sollozos, y la hallaba en cama, sin querer escucharlo.
–Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti, –decÃa él al fin, tristemente.
Los sollozos subÃan con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en su banco.
Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a consolarla. ¡Consolarla! ¿De qué? Lo cual no obstaba para que Kassim prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.
Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer se detenÃan ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda tranquilidad.