Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte La corriente del rÃo se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
–¡Alves! –gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oÃdo en vano.
–¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! –clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva. El Paraná corre allà en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el rÃo. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, siempre la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el rÃo arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombrÃa y calma cobra una majestad única.
El sol habÃa caÃdo ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrÃo. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentÃa mejor. La pierna le dolÃa apenas, la sed disminuÃa, y su pecho, libre ya, se abrÃa en lenta inspiración.