Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Pero cuando estuvo solo se lloró a sà mismo su desgracia. ¡Y ahora que habÃa vuelto a verla! ¡Cómo, cómo la habÃa querido siempre, él que creÃa no acordarse más! ¡Y acabado! ¡Pum, pum, pum! –repetÃa sin darse cuenta–. ¡Pum! ¡Todo ha concluido!
De golpe: ¿Y si no me hubieran visto?… ¡Claro! ¡pero claro! Su rostro se animó de nuevo, y acogió esta vaga probabilidad con profunda convicción.
A las tres golpeaba en casa del doctor Arrizabalaga. Su idea era elemental: consultarÃa con cualquier mÃsero pretexto al abogado; y acaso la viera.
Fue allá. Una súbita carrera por el patio respondió al timbre, y Lidia, para detener el impulso, tuvo que cogerse violentamente a la puerta vidriera. Vio a Nébel, lanzó una exclamación, y ocultando con sus brazos la ligereza de su ropa, huyó más velozmente aún.
Un instante después la madre abrÃa el consultorio, y acogÃa a su antiguo conocido con más viva complacencia con mayor complacencia que cuatro meses atrás. Nébel no cabÃa en sà de gozo; y como la señora no parecÃa inquietarse por las preocupaciones jurÃdicas de Nébel, éste prefirió también un millón de veces tal presencia a la del abogado.