Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Con todo, se hallaba sobre ascuas de una felicidad demasiado ardiente. Y como tenÃa dieciocho años, deseaba irse de una vez para gozar a solas, y sin cortedad, su inmensa dicha.
–¡Tan pronto, ya! –le dijo la señora–. Espero que tendremos el gusto de verlo otra vez… ¿No es verdad?… ¿no es verdad?
–¡Oh, sÃ, señora!
–En casa todos tendrÃamos mucho placer… ¡Supongo que todos! ¿Quiere que consultemos? –se sonrió con maternal burla.
–¡Oh, con toda el alma! –repuso Nébel.
–¡Lidia! ¡Ven un momento! Hay aquà una persona a quien conoces.
Lidia llegó cuando él estaba ya de pie. Avanzó al encuentro de Nébel, los ojos centelleantes de dicha, y le tendió un gran ramo de violetas, con adorable torpeza.
–Si a usted no le molesta –prosiguió la madre–, podrÃa venir todos los lunes… ¿Qué le parece?
–¡Que es muy poco, señora! –repuso el muchacho–. Los viernes también ¿Me permite?
La señora se echó a reÃr.
–¡Qué apurado! Yo no sé… Veamos qué dice Lidia. ¿Qué dices, Lidia?