Cuentos de la selva
Cuentos de la selva —¡Ya lo creo! ¡Ya lo creo que le vamos a dar paso! —contestaron las rayas—. ¡Pero lo que es el tigre, ése no va a pasar!
—¡Cuidado con él! —gritó aún el zorro—. ¡No se olviden de que es el tigre!
Y pegando un brinco, el zorro entró de nuevo en el monte.
Apenas acababa de hacer esto, cuando el hombre apartó las ramas y apareció todo ensangrentado y la camisa rota. La sangre le caÃa por la cara y el pecho hasta el pantalón, y desde las arrugas del pantalón, la sangre caÃa a la arena. Avanzó tambaleando hacia la orilla, porque estaba muy herido, y entró en el rÃo. Pero apenas puso un pie en el agua, las rayas que estaban amontonadas se apartaron de su paso, y el hombre llegó con el agua al pecho hasta la isla, sin que una raya lo picara. Y conforme llegó, cayó desmayado en la misma arena, por la gran cantidad de sangre que habÃa perdido.
Las rayas no habÃan aún tenido tiempo de compadecer del todo a su amigo moribundo, cuando un terrible rugido les hizo dar un brinco en el agua.
—¡El tigre! ¡El tigre! —gritaron todas, lanzándose como una flecha a la orilla.