El Alambre de púas
El Alambre de púas --¡Usted verá! ¡Esto es un juego para el maldito toro del polaco! ¡Va a pasar! --No pasará dos veces,--repetÃa obstinadamente el otro.
Los caballos siguieron, oyendo aún palabras cortadas: --.
reir! --.
veremos.
Dos minutos más tarde el hombre rubio pasaba a su lado a trote inglés.
El malacara y el alazán, algo sorprendidos de aquel paso que no conocÃan, miraron perderse en el valle al hombre presuroso.
--¡Curioso!--observó el malacara después de largo rato.
--El caballo va al trote y el hombre al galope.
Prosiguieron.
Ocupaban en ese momento la cima de la loma, como esa mañana.
Sobre el cielo pálido y frÃo, sus siluetas se destacaban en negro, en mansa y cabizbaja pareja, el malacara delante, el alazán detrás.
La atmósfera, ofuscada durante el dÃa por la excesiva luz del sol, adquirÃa a esa hora crepuscular una transparencia casi fúnebre.