El Alambre de púas
El Alambre de púas El hombre avanzó más, y el toro comenzó a retroceder, berreando siempre y arrasando la avena con sus bestiales cabriolas.
Hasta que, a diez metros ya del camino, volvió grupas con un postrer mugido de desafío burlón, y se lanzó sobre el alambrado.
--¡Viene Barigüí! ¡El pasa todo! ¡Pasa alambre de púa!--alcanzaron a clamar las vacas.
Con el impulso de su pesado trote, el enorme toro bajó la cabeza y hundió los cuernos entre los dos hilos.
Se oyó un agudo gemido de alambre, un estridente chirrido que se propagó de poste a poste hasta el fondo, y el toro pasó.
Pero de su lomo y de su vientre, profundamente abiertos, canalizados desde el pecho a la grupa, llovían ríos de sangre.
La bestia, presa de estupor, quedó un instante atónita y temblando.
Se alejó luego al paso, inundando el pasto de sangre, hasta que a los veinte metros se echó, con un ronco suspiro.
A mediodía el polaco fué a buscar a su toro, y lloró en falsete ante el chacarero impasible.
El animal se había levantado, y podía caminar.