El Alambre de púas
El Alambre de púas Las vacas, mientras tanto, se animaban unas a otras.
--El pasó ayer.
Pasa el alambre de púa.
Nosotras después.
--Ayer no pasaron.
Las vacas dicen sí, y no pasan,--oyeron al alazán.
--¡Aquí hay púa, y Barigüí pasa! ¡Allí viene! Costeando por adentro el monte del fondo, a doscientos metros aún, el toro avanzaba hacia el avenal.
Las vacas se colocaron todas de frente al cercado, siguiendo atentas con los ojos a la bestia invasora.
Los caballos, inmóviles, alzaron las orejas.
--¡Come toda avena! ¡Después pasa! --Los hilos están muy estirados.
--observó aún el malacara, tratando siempre de precisar lo que sucedería si.
--¡Comió la avena! ¡El hombre viene! ¡Viene el hombre!--lanzó la vaquilla locuaz.
En efecto, el hombre acababa de salir del rancho y avanzaba hacia el toro.
Traía el palo en la mano, pero no parecía iracundo; estaba sí muy serio y con el ceño contraído.
El animal esperó a que el hombre llegara frente a él, y entonces dió principio a los mugidos con bravatas de cornadas.