El Amohadón de plumas
El Amohadón de plumas completamente inexplicable. Alicia no tuvo
más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el dÃa el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oÃr el menor ruido. Alicia dormitaba.
Jordán vivÃa casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un ex-tremo a otro, con incansable obstinación. La
alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguÃa su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descen-dieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacÃa sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respal-do de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de su-dor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rÃgida de espan-
to, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y
