El Amohadón de plumas
El Amohadón de plumas tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenÃa fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. HabÃa allà delante de ellos una vida que se acababa, de-sangrándose dÃa a dÃa, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacÃa en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado
su médico—. Es un caso serio.. poco hay que hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y
tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de
anemia, agravado de tarde, pero que remitÃa siempre en las primeras horas. Durante el dÃa no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana
amanecÃa lÃvida, en sÃncope casi. ParecÃa que únicamente de noche se le fuera la vida en nue-vas alas de sangre. TenÃa siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer dÃa este hundimiento no la abandonó más.
