El Lobisón
El Lobisón »Al dÃa siguiente los peones confirmaron mis recuerdos de muchacho: cuando los perros pelean a alguna cosa en el aire, es porque el lobisón invisible está allÃ.
»Bromeé con Gabino.
»—¡Cuidado! Si los bull-terriers lo pescan, no va a ser nada agradable.
»—¡Cierto! —me respondió en igual tono—. Voy a tener que fijarme.
»El tÃmido sujeto me habÃa cobrado cariño, sin enojarse remotamente por mis zonceras. Él mismo a veces abordaba el tema para oÃrme hablar y reÃrse hasta las lágrimas.
»Un mes después me invitó a su casamiento; la novia vivÃa en el puesto de la estancia lindera. Aunque no ignoraban allá la fama de Gabino, no creÃan, sobre todo ella.
»—No cree —me dijo maliciosamente. Ya lejos, volvió la cabeza y se rió conmigo.
»El dÃa indicado marché; ningún peón quiso ir. Tuve en el puesto el inesperado encuentro de los dueños de la estancia, o mejor dicho, de la madre y sus dos hijas, a quienes conocÃa. Como el padre de la novia era hombre de toda confianza, habÃan decidido ir, divirtiéndose con la escapatoria. Les conté la terrible aventura que corrÃa la novia con tal marido.