El potro salvaje y otros cuentos
El potro salvaje y otros cuentos SeguÃan asà solos y gloriosos de libertad, en el camino encendido de luz, hasta que al doblar una punta de montes vieron a orillas del camino cierta extensión de un verde inusitado. ¿Pasto? sin duda. Más en pleno invierno.
Y con las narices dilatadas de gula, los caballos se acercaron al alambrado. ¡SÃ, pasto fino, pasto admirable! ¡Y entrarÃan, ellos, los caballos libres!
Hay que advertir que el alazán y el malacara poseÃan desde esa madrugada alta idea de sà mismos. Ni tranquera, ni alambrado, ni monte, ni desmonte, nada era para ellos obstáculo. HabÃan visto cosas extraordinarias, salvado dificultades no creÃbles y se sentÃan gordos, orgullosos y facultados para tomar la decisión más estrafalaria que ocurrÃrseles pudiera.
En este estado de énfasis, vieron a cien metros de ellos varias vacas detenidas a orillas del camino, y encaminándose allá llegaron a la tranquera, cerrada con cinco robustos palos. Las vacas estaban inmóviles, mirando fijamente el verde paraÃso inalcanzable.
—¿Por qué no entran? —preguntó el alazán a las vacas.
—Porque no se puede —le respondieron.
—Nosotros pasamos por todas partes —afirmó el alazán, altivo—. Desde hace un mes pasamos por todas partes.