El potro salvaje y otros cuentos
El potro salvaje y otros cuentos Así dijo la mujer. Y de este modo se cumplía la profecía de la serpiente: Juan Darién moriría, cuando una madre de los hombres le exigiera la vida y el corazón de hombre que otra madre le había dado con su pecho.
No era necesaria otra acusación para decidir a las gentes enfurecidas. Y veinte brazos con piedras en la mano se levantaban ya para aplastar a Juan Darién, cuando el domador ordenó desde atrás con voz ronca:
—¡Marquémoslo con rayas de fuego! ¡Quemémoslo en los fuegos artificiales!
Ya comenzaba a oscurecer, y cuando llegaron a la plaza era noche cerrada. En la plaza habían levantado un castillo de fuegos de artificio, con ruedas, coronas y luces de Bengala. Ataron en lo alto del centro a Juan Darién, y prendieron la mecha desde un extremo. El hilo de fuego corrió velozmente subiendo y bajando, y encendió el castillo entero. Y entre las estrellas fijas y las ruedas girantes de todos los colores, se vio allá arriba a Juan Darién sacrificado.
—¡Es tu último día de hombre, Juan Darién! — clamaban todos—. ¡Muestra las rayas!