El potro salvaje y otros cuentos
El potro salvaje y otros cuentos Las luces de Bengala se iban también apagando. Un último chorro de chispas con que morÃa una rueda alcanzó la soga atada a las muñecas —no: a las patas del tigre, pues Juan Darién habÃa concluido—, y el cuerpo cayó pesadamente al suelo. Las gentes lo arrastraron hasta la linde del bosque, abandonándolo allÃ, para que los chacales devoraran su cadáver y su corazón de fiera.
Pero el tigre no habÃa muerto. Con la frescura nocturna volvió en sÃ, y arrastrándose presa de horribles tormentos se internó en la selva. Durante un mes entero no abandonó su guarida en lo más tupido del bosque, esperando con sombrÃa paciencia de fiera que sus heridas curaran. Todas cicatrizaron por fin, menos una, una profunda quemadura en el costado, que no cerraba, y que el tigre vendó con grandes hojas.
Porque habÃa conservado de su forma recién perdida tres cosas: el recuerdo vivo del pasado, la habilidad de sus manos, que manejaba como un hombre, y el lenguaje. Pero en el resto, absolutamente en todo era una fiera, que no se distinguÃa en lo más mÃnimo de los otros tigres.