El potro salvaje y otros cuentos
El potro salvaje y otros cuentos Y después de hablar así, recogió en la boca al hombre que proseguía desmayado y trepó con él a lo más alto del cañaveral, donde lo dejó atado entre dos bambúes. Luego prendió fuego a las hojas secas del suelo, y pronto una llamarada crujiente ascendió.
Los tigres retrocedían espantados ante el fuego. Pero el tigre les dijo:
—Paz, hermanos. —Y aquellos se apaciguaron, sentándose de vientre con las patas cruzadas a mirar.
El juncal ardía como un inmenso castillo de artificio. Las cañas estallaban como bombas, y sus haces se cruzaban en aguadas flechas de color. Las llamaradas ascendían en bruscas y sordas bocanadas, dejando bajo ellas lívidos huecos; y en la cúspide, donde aún no llegaba el fuego, las cañas se balanceaban crispadas por el calor.
Pero el hombre tocado por las llamas había vuelto en sí. Vio allá abajo a los tigres con los ojos cárdenos alzados a él —y lo comprendió todo.
—¡Perdón, perdónenme! —gritó retorciéndose—. ¡Pido perdón por todo!
Nadie contestó. El hombre se sintió entonces abandonado de Dios, y gritó con toda su alma:
—¡Perdón, Juan Darién!
Al oír esto, Juan Darién alzó la cabeza y dijo fríamente: