El potro salvaje y otros cuentos
El potro salvaje y otros cuentos —Aquà no hay nadie que se llame Juan Darién. No conozco a Juan Darién. Este es un nombre de hombre, y aquà todos somos tigres.
Y volviéndose a sus compañeros, como si no comprendiera, preguntó;
—¿Alguno de ustedes se llama Juan Darién?
Pero ya las llamas habÃan abrasado el castillo hasta el cielo. Y entre las agudas luces de Bengala que entrecruzaban la pared ardiente, se pudo ver allá arriba un cuerpo negro que se quemaba, humeando.
—Ya estoy pronto, hermanos —dijo el tigre—. Pero aún me queda algo por hacer.
Y se encaminó de nuevo al pueblo, seguido por los tigres sin que él lo notara. Se detuvo ante un pobre y triste jardÃn, saltó la pared, y pasando al costado de muchas cruces y lápidas, fue a detenerse ante un pedazo de tierra sin ningún adorno, donde estaba enterrada la mujer a quien habÃa llamado madre ocho años. Se arrodilló —se arrodilló como un hombre—, y durante un rato no se oyó nada.