El potro salvaje y otros cuentos
El potro salvaje y otros cuentos —¡Madre! —murmuró por fin el tigre con profunda ternura—. Tú sola supistes, entre todos los hombres, los sagrados derechos de la vida, de todos los seres del universo. Tú sola comprendiste que el hombre y el tigre se diferencian únicamente por el corazón. Y tú me enseñaste a amar, a comprender, a perdonar. ¡Madre! Estoy seguro de que me oyes. Soy tu hijo siempre, a pesar de lo que pase en adelante, pero de ti solo. ¡Adiós, madre mÃa!
Y viendo al incorporarse los ojos cárdenos de sus hermanos que lo observaban tras la tapia, se unió otra vez a ellos.
El viento cálido les trajo en ese momento, desde el fondo de la noche, el estampido de un tiro.
—Es en la selva —dijo el tigre—. Son los hombres. Están cazando, matando, degollando.
Volviéndose entonces hacia el pueblo que iluminaba el reflejo, de la selva encendida, exclamó:
—¡Raza sin redención! ¡Ahora me toca a mÃ!
Y retomando a la tumba en que acababa de orar, arrancose de un manotón la venda de la herida, y escribió en la cruz con su propia sangre, en grandes caracteres, debajo del nombre de su madre:
Y JUAN DARIEN