El potro salvaje y otros cuentos
El potro salvaje y otros cuentos Pasó un mes nervioso, hostigando su imaginación. Hizo dos o tres viajes a Rosario, donde tenía amigos, y por fin dio con su negocio: comprar por menos de nada una legua de campo en el suroeste de Resistencia y abrirle salida al Paraná, aprovechando el alza del quebracho.
En esa región de esteros y zanjones la empresa era fuerte, sobre todo debiendo efectuarla a todo vapor; pero Braccamonte ardía como un tizón. Asocióse con Banker, sujeto inglés, viejo contrabandista de obraje, y a los tres meses de su bancarrota emprendía marcha al Salado con bueyes, carretas, muías y útiles. Como obra preparatoria tuvieron que construir sobre el Salado una balsa de cuarenta bordalesas. Braccamonte, con su ojo preciso de ingeniero nato, dirigía los trabajos.
Pasaron. Marcharon luego dos días, arrastrando penosamente las carretas y alzaprimas hundidas en el estero, y llegaron al fin al Monte Negro.
Sobre la única loma del país hallaron agua a tres metros, y el pozo se afianzó con cuatro bordalesas desfondadas. Al lado levantaron el rancho campal, y en seguida comenzó la tarea de los puentes. Las cinco leguas desde el campo al Paraná estaban cortadas por zanjones y riachos, en que los puentes eran indispensables. Se cortaban palmas en la barranca y se las echaba en sentido longitudinal a la corriente, hasta llenar la zanja. Se cubría todo con tierra, y una vez pasados bagajes y carretas avanzaban todos hacia el Paraná.