El potro salvaje y otros cuentos
El potro salvaje y otros cuentos El tiempo se afirmó por fin, y aunque el calor creció y el viento norte sopló su fuego sobre las caras, sentÃase aire en el pecho por lo menos. La vida suavizóse algo —más carne y menos mosquitos de comida—, y concluyeron por fin el puente grande, tras dos meses de penurias. HabÃa devorado dos mil setecientas palmas. La mañana en que echaron la última palada de tierra, mientras las carretas lo cruzaban entre la griterÃa de triunfo de los peones, Braccamonte y Banker, parados uno al lado del otro, miraron largo rato su obra común, cambiando cortas observaciones a su respecto, que ambos comprendÃan sin oÃrlas casi.
Los demás puentes, pequeños todos, fueron un juego, además de que al verano habÃa sucedido un seco y frÃo otoño. Hasta que por fin llegaron al rÃo.
AsÃ, en seis meses de trabajo rudo y tenaz, quebrantos y cosas amargas, mucho más para contadas que pasadas, los dos socios construyeron catorce puentes, con la sola ingenierÃa de su experiencia y de su decisión incontrastable. HabÃan abierto puerto a la madera sobre el Paraná, y la especulación estaba hecha. Pero salieron de ella con las mejillas excavadas, las duras manos jaspeadas por blancas cicatrices de granos, con rabiosas ganas de sentarse en paz a una mesa con mantel.