El potro salvaje y otros cuentos
El potro salvaje y otros cuentos Muriendo de amor... Y sÃ, muriendo de amor, porque no tiene otro nombre esta exhausta adoración sin sangre. La memoria me falta a veces: pero me acuerdo muy bien de la noche que llegué a pedirla.
HabÃa tres personas en el comedor —porque me recibieron en el comedor—: el padre, una tÃa y ella. El comedor era muy grande, muy mal alumbrado y muy frÃo. El doctor Swindenborg me oyó de pie, mirándome sin decir una palabra. La tÃa me miraba también, pero desconfiada. Ella, mi Nora, estaba sentada a la mesa y no se levantó.
Yo dije todo lo que tenÃa que decir, y me quedé mirando también. En aquella casa podÃa haber de todo; pero lo que es apuro, no. Pasó un momento aún, y el padre me miraba siempre. TenÃa un inmenso sobretodo peludo, y las manos en los bolsillos. Llevaba un grueso pañuelo al cuello y una barba muy grande.
—¿Usted está bien seguro de amar a la muchacha? —me dijo, al fin.
—¡Oh, lo que es eso! —Le respondà No contestó nada, pero me siguió mirando. —¿Usted come mucho? —me preguntó.
—Regular —le respondÃ, tratando de son— reÃrme.
La tÃa abrió entonces la boca y me señaló con el dedo como quien señala un cuadro:
—El señor debe comer mucho... —dijo.