El potro salvaje y otros cuentos
El potro salvaje y otros cuentos El padre volvió la cabeza a ella:
—No importa —objetó—. No podrÃamos poner trabas en su vÃa...
Y volviéndose esta vez a su hija, sin quitar las manos de los bolsillos:
—Este señor te quiere hacer el amor —le dijo— ¿Tú quieres?
Ella levantó los ojos tranquila y sonrió:
—Yo, sÃ-repuso.
—Y bien —me dijo entonces el doctor, empujándome del hombro—. Usted es ya de la casa; siéntese y coma con nosotros.
Me senté enfrente de ella y cenamos. Lo que comà esa noche, no sé, porque estaba loco de contento con el amor de mi Nora. Pero sé muy bien lo que hemos comido después, mañana y noche, porque almuerzo y ceno con ellos todos los dÃas.
Cualquiera sabe el gusto agradable que tiene el té, y esto no es un misterio para nadie. Las sopas claras son también tónicas y predisponen a la afabilidad.
Y bien: mañana a mañana, noche a noche, hemos tomado sopas ligeras y una liviana taza de té. El caldo es la comida, y el té es el postre; nada más.