El Salvaje
El Salvaje —Señor —dijo el hombre—, no he podido soportar más sin hablarte. He visto y oÃdo, y me parece que esa gloria tuya que cantan no es completa.
El coro se miró, mudo de asombro. ¡La gloria de Jesús no era completa! ¡La bondad del Señor no era absoluta! ¡Cómo era posible decir eso!
—No sé de qué hablas —dijo suavemente Jesús.
—¡Señor! —continuó el viajero en el profundo silencio que se hizo—. Sé que tu tolerancia y caridad son inmensas. Sé que Pilatos te sentenció y fue perdonado; que Judas te vendió y fue perdonado; todos lo fueron. Sólo te negaron, te persiguieron, te vendieron y te crucificaron; y a mÃ, porque te negué un vaso de agua, ¡me condenaste para siempre!
Un cuchicheo de sorpresa y horror corrió por los espectadores:
—¡El judÃo errante!
Era él, en efecto. Su queja parecÃa un rudo desahogo, debido seguramente a que, amargado por su injustificado sufrimiento, no recordaba que estaba delante del Tribunal Supremo.
—Yo no te pedÃa más que un poco de agua, Ashavero —le dijo Jesucristo tristemente.