El Salvaje
El Salvaje —Lo sé —respondió el judÃo errante con amargura—. Pero yo estaba en el mismo caso que la muchedumbre de ese dÃa, e igualmente excitado contra ti. Mientras yo me negaba a darte de beber, otros te negaban cambiar de hombro la cruz, otros arrojaban clavos delante de ti para que no pudieras caminar de dolor, y poder asà abofetearte. Y a todos has perdonado, menos a mÃ…
¡Ay! Los juicios divinos son irrevocables.
—Anda, Ashavero —le dijo Jesús dulcemente.
El judÃo errante no respondió y tornó a caminar. En las lejanÃas crepusculares del ParaÃso, rodaba aún, apagándose, el hosanna simbólico de ese dÃa: Judas lo vendió y fue perdonado.
—Ashavero le negó de beber y no fue perdonado —remedó él. Luego, habiendo llegado a las puertas del cielo, sacudió el polvo de sus sandalias sobre ese suelo ingrato y volvió a la tierra.
Con este incidente los festejos murieron. Ya no era posible el himno de Absoluta Bondad: habÃa uno que no habÃa sido perdonado. El destello divino se apagó, las almas se diseminaron en silencio y los ángeles, de nuevo oscuros, vagaron distraÃdos hasta la caÃda de la noche.
Como bien se comprende, en el cielo no se ha vuelto a festejar la Pasión nunca más.