El Salvaje

El Salvaje

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»Pero cuando nuestra fraternidad era más honda, era en las noches de lluvia. Esta de ahora que está sintiendo es una simple garúa comparada con las lluvias de abril y mayo. Desde una hora antes de llover oíamos el tronar profundo de las gotas sobre el monte lejano. Desembocábamos entonces en una picada —no había aire, no había ruido, no había nada, sino un cielo fulgurante que cegaba—, y el dinosaurio tendía el cuello en el suelo y aplastaba la lengua sobre la tierra estremecida. Y cuando la lluvia llegaba por fin y se desplomaba, nos levantábamos y caminábamos horas y horas sin parar, respirando profundamente el diluvio que roncaba sobre la selva y crepitaba sobre el lomo del dinosaurio.

»A fines de noviembre, el sordo temblor de la tierra que llegaba desde el Guayra nos anunció que el río crecía. Y aquí, cuando el Paraná llega cargado de grandes lluvias, sube catorce metros en una noche.

»Y el agua subía y subía. Desde la costa oímos claro el retumbo del Guayra, y en las restingas veíamos pasar a nuestro lado, sobre el agua vertiginosa, todo lo que pasa ahogado o podrido en una inundación de primavera.

»Las noches, negras. El dinosaurio, excitado, bebía a cada instante un sorbo de agua, y sus ojos remontaban la tiniebla del río, hacia las inmensas lluvias que llegaban aún calientes. Y paso a paso costeábamos el Paraná remontando la inundación.


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