El Salvaje
El Salvaje »Asà un mes más. Cuanto quedaba en mà del hombre que le está hablando ahora, crujió, se aplastó, desapareció. Hasta que una noche…
El hombre se detuvo.
—¿Qué pasó? —le dije.
—Nada… Lo maté.
—¿Al… dinosaurio?
—SÃ, a él. ¿No comprende? Él era un dinosaurio… un nothosaurio carnÃvoro. Y yo era un hombre terciario… una bestezuela de carne y ojos demasiado vivos… Y él tenÃa un olor pestilente de fiera. ¿Comprende ahora?
—SÃ; continúe.
—Mientras quedó en mà un rastro de hombre actual, el monstruo surgido de las entrañas muertas de la Tierra por el deseo de ese mismo hombre, se contuvo. Después…
»Allá en el Norte, el Guayra retumbaba siempre por las aguas hinchadas, y el rÃo subÃa y subÃa con una corriente de infierno. Y el dinosaurio, aplastado en la orilla, bebÃa a cortos sorbos, devorado de sed.