El Salvaje

El Salvaje

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Por lo demás, me recibió mal. Por suerte, cuando iba a retirarme más que arrepentido de mi solicitud, un nombre dejado caer en las pocas palabras cambiadas le hizo levantar vivamente la cabeza. Me hizo dos o tres preguntas rápidas y pareció más humanizado.

A mediodía mi vecino tuvo otro acceso de gota, e hice lo que pude por calmar tanto el dolor como la irascibilidad a que el hombre parecía muy propenso.

No sé si mi juventud llena de entusiasmos, o lo infinito que de ingenuo había en mí entonces, amansaron del todo al enfermo. Lo cierto es que al caer la tarde sus ojos me sorprendieron cuando yo por cuarta o quinta vez bajaba los míos a un retrato, un daguerrotipo colocado sobre el velador. La frente del enfermo se ensombreció, y dejó de hablar por un rato.

Al fin se levantó pesadamente, y respirando con dificultad cogió el retrato y fue con él a la ventana.

Sin que yo me diera cuenta de lo que hacía, me levanté a mi vez en silencio, y me hallé a su lado, devorando aquel retrato, estos mismos ojos, como usted los mira ahora…

Al fin retornó sobre sus hinchados pies a dejar el daguerrotipo, y se hundió de nuevo en su sillón.

—¿Usted sabe quién soy? —me dijo bruscamente.

De golpe, la nariz y la frente de aquel abotagado rostro adquirieron intenso relieve.


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