El Salvaje
El Salvaje —Yo soy viejo ya —me dijo— y me voy… No he hecho en mi vida lo que he querido, pero no me quejo. Usted, que es muy joven y cree sentirse músico —y estoy seguro de que lo es— merece conocer esta ocasión de que le he hablado… Óigame:
Hace ya muchos años… Era en el ’82… Yo acababa de llegar a esa ciudad, en Italia, y me habÃa hospedado en el primer hotel que habÃa hallado. La primera noche, ya muy tarde, sentà agitación en la pieza vecina, y supe al dÃa siguiente por la camarera que mi vecino habÃa tenido un ataque, creÃa ella que al corazón. El pasajero habÃa llegado dos dÃas antes que yo y parecÃa gozar de muy poca salud. HabÃa oÃdo decir que era músico. Era extranjero, de nombre impronunciable.
No bastó más para despertar mi interés, y como según la misma confidente, mi vecino sufrÃa de agudos dolores en los pies, creà tanto de mi deber como de mi curiosidad, ir a ofrecerle mi ayuda, si en algo podÃa necesitarla.
Fui, pues. Era un hombre ya de años, muy grueso y de aspecto pesado y enfermo. La magnitud de su vientre, sobre todo, llamaba la atención. Respiraba con dificultad, con hondas inspiraciones que le cortaban la palabra. Algo en la nariz y en la comba de la frente me recordaba a alguien; pero no podÃa precisar a quién.