El Salvaje
El Salvaje —Vea, Casacuberta: si usted quiere serme agradable ¿sí?, tome mañana mismo el tren, váyase a Bolivia, a la Patagonia, construya dos o tres puentes, haga una bonita fortuna, y después venga; le prometo esperarlo.
Yo soy ingeniero, y capaz de hacer un puente desde la Patagonia a Bolivia. Pero ensamblar hierros T y doble T por dejar de verla, no.
Por lo cual objetaba:
—¿Y para qué quiere fortuna? ¿No le basta con la de Buchenthal? No se va a comer la mía, supongo…
—No; y menos con esta nueva grosería suya… Váyase, déjeme. Haga lo que le digo, y después hablaremos.
Difícil, como se ve, mi adorada. Pero, Casacuberta y todo, yo no perdía las esperanzas. Un amante tenaz preocupa muy poco a una mujer feliz; pero se torna terriblemente peligroso, por poco que aquélla lo crea todo perdido.
¿Qué podía perder Lucila? No lo sé, o no lo sabía entonces. Poco después del trozo de diálogo que acabo de contarles, entró en escena L. M. F. Las iniciales bastan, supongo. La primera vez que lo vi arrinconado con Lucila, usando, presumo, de todos los recursos de su sentimentalidad muy grande de artista, no preví nada bueno para mis esperanzas. En el primer garden party volví a hallarlos extraviados bajo un parasol, y de noche le dije a Lucila: