El Salvaje
El Salvaje —Deje a L. M. F.; no es hombre para usted.
—¿Por qué? Es tan inteligente como usted, supongo.
—Más. Pero es un canalla.
—¡Casacuberta!
—Muy bien; no he dicho nada.
—¡Canalla!… ¿Porque usted lo siente más cerca de mà que lo que usted ha podido conseguir?
—No; créame, Lucila: déjelo. No es el hombre que usted cree.
—¡Ah, sÃ!… ¡Usted es ese hombre!
—Quién sabe; pero él, no. Después veremos.
Pasaron cinco meses; yo estuve todo ese tiempo en el sur. Una tarde, ya de vuelta, fui a ver a Lucila. No me quiso recibir; mas cuando ya me retiraba, llegó contraorden. Entré, y la vi muy descompuesta. ParecÃa sufrir en realidad, por lo que me respondió con muy breves palabras; muy breves y secas. Quise irme; pero me detuvo.
—¿A qué se va? —me dijo extrañada y sufriente—. Quédese.
No me miraba, pero tampoco miraba nada concreto. De pronto, volviéndose a mÃ:
—¿Cuántos individuos de su laya se pueden comprar con mil pesos?