El Salvaje
El Salvaje Debo observarles que este término laya no era de su vocabulario, ni se lo habÃa oÃdo nunca. DebÃa, pues, estar profundamente herida.
—¡Respóndame! —insistió—. ¿Cuántos?… ¿Veinte o treinta? ¿Usted incluso? ¿Y ustedes son los intelectuales de este paÃs?
En un instante lo vi todo: la conquista de M. F., y el cumplimiento de la profecÃa que le habÃa hecho a Lucila.
—Deje a los intelectuales —le dije—. No sea injusta. Yo le advertà bien claro lo que le iba a pasar con él.
—¿…?
—SÃ, M. F. ¿Es cierto?
No me respondió. Miraba inmóvil un punto, porque tenÃa ganas locas de llorar. Le tomé la mano, y los sollozos se desencadenaron entonces.
—¡SÃ! ¡SÃ!… ¡Es cierto, es cierto!… ¡Qué horror!… ¡Cómo puedo todavÃa mirarme a mà misma!…
TenÃa razón, porque yo sé la cantidad de honor y sentimiento sincero que habÃa tras el antifaz de sus bravatas, como en tantas otras chicas de envoltura histérica.
Me contó lo que habÃa pasado, que es esto: