El Salvaje

El Salvaje

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Seducida en primer término por la verba del hombre, y sobre todo cansada, enervada, al fin había cedido. Se veían en casa de él. L. M. F. —ustedes lo saben bien— sabe hacer las cosas. Su garzonera es un verdadero chiche, y Lucila llegaba a ella bajo un perfecto disfraz de mucama. El disfraz este está bastante de moda, y ella lo lucía bien. La aventura era arriesgada, aun al anochecer; de donde mayor encanto para Lucila. Pero L. M. sufría por el disfraz de su amada, que era en suma poco distinguido, y se sentía rebajado ante los ojos de su mucamo, que hacía pasar a la vulgar visitante con una chocante sonrisita. Esta sonrisita entraba hasta el fondo de la vanidad del amante, por lo cual una noche, habiendo llegado Lucila con un poco de adelanto, oyó que L. M. F. insinuaba a su valet, en pastosa voz de confidencia:

—¡Qué mucama ni mucama, zonzo!… No sabés distinguir… Es la señora de Buchenthal… Silencio, ¿eh?…

Éste es el caso.

—¡Y ésta es la amargura que me tocaba conocer aún, de ustedes los intelectuales! —concluyó Lucila—. ¡Muy poco le importaba al señor L. M. F. poseerme! ¡Lo importante para él era que su lacayo supiera que yo era la señora de Buchenthal!


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