El Salvaje
El Salvaje Pasó un buen rato. Tras el sarcasmo de su lento cabeceo, habÃa un hondo raudal de lágrimas por un sacrificio inútil, incomprendido y sin sabor. Le tomé de nuevo la mano, y ella vino dócil a apoyarse en mi hombro.
—Lucila…
—No, no… —me dijo tristemente, pasándome su mano por el pecho—. Ya no valgo para nada…
—Para mÃ, sÃ.
—Para usted, no… Y usted tampoco para mÃ. Usted es el único hombre —se apartó mirándome— con quien hubiera sido feliz… ¿Me oye ahora? Un dÃa se lo di a entender… Ya esto está concluido… ¡Dejemos!
Todo concluido. Yo era al parecer el hombre a quien ella querÃa, y por esto mismo me habÃa resistido para ceder a un literato vanidoso. Entienda usted ahora a las mujeres.