El Salvaje
El Salvaje La señora de Saavedra lo recibió. Nicholson vio delante de sà a una dama opulenta de carne, peinada con excesiva coqueterÃa para su edad. Sonrió placenteramente a Nicholson.
—… SÃ, Olmos nos escribió ayer… MuchÃsimo gusto… No hubiéramos creÃdo que se quedara aún allá… La pobre Chicha… Pero, en fin, hemos tenido el gusto de conocerlo y de…
—SÃ, señora —se rió Nicholson—, y de ser recibido con un tÃtulo que no habÃa soñado jamás.
—Efectivamente —soltó la risa la señora de Saavedra, perdiendo un poco, al echarse atrás, el equilibrio de sus cortas y gruesÃsimas piernas—. Si me hubieran dicho hace un mes… ¡qué digo un mes!, dos dÃas solamente, que usted se iba a casar con mi hija… Es menester que la conozca, ¿no es cierto? Pero ahà viene, creo.
Nicholson y la señora de Saavedra dirigieron juntos la vista a la portada donde apareció una joven de talle muy alto, vestido muy corto y vientre muy suelto. Era evidentemente mucho más gruesa de lo que pretendÃa aparentar. Por lo demás, la elegante distinción de su traje reforzaba la vulgaridad de una cara tosca y pintada.
—Creo recordar esta cara —se dijo Nicholson, a tiempo que la señora exclamaba: